por Armando Tavares, in memoriam

Análisis de la realidad

Nuestro tiempo está marcado por el materialismo, por el hedonismo de todos los gustos, y por el consumismo con sus propuestas de felicidad. Existe un ambiente de desconfianza en relación con los principios trascendentales. La orientación predominante es la vivencia de experiencias banales y pasajeras, y todo ello bajo una cultura en la que todo está marcado por lo inmediato y lo transitorio.

Si el ateísmo marcó la primera mitad de nuestro siglo, peor que él es la indiferencia religiosa que campea en nuestros días. La religión se convierte en un sistema como otros tantos. La ausencia de valores generó inseguridad y desorientación. El cristianismo parece que no es ya la respuesta y, además, prolifera el “marketing” religioso de las sectas.

Este mundo tan pretendidamente evolucionado, donde la competencia es desenfrenada, donde existe una escalada forzada del neo-liberalismo, provoca cada vez más víctimas: abundan los marginados, los desempleados, los sin techo, los sin tierra, los desfavorecidos de todo tipo. Abundan, sobre todo, las víctimas de una vida sin sentido, consecuencia evidente de todo ello.

Es en este ambiente donde estamos llamados a vivir, sin dejarnos dominar por él, a ser luz y sal. Es en este ambiente en el que estamos llamados a interrogarnos sobre nuestro carisma misionero, heredado de las inquietudes y preocupaciones de Gaspar del Búfalo por los marginados y por los pobres de su tiempo, ¿qué actitudes tenemos para motivar la fe en Jesucristo, camino, verdad y vida?

La importancia del Espíritu

Ninguno de nosotros es un mago que se saca las soluciones de la manga. Creo, ante todo, que a veces estamos un poco desatentos a las orientaciones que el Espíritu va suscitando en la Iglesia… En este punto recuerdo el ejemplo de los Apóstoles que el Espíritu los condujo por los caminos arduos de la misión. Como en los tiempos de la Iglesia Primitiva es `necesario rezar para que Dios nos conceda entusiasmo para proclamar el evangelio´. Esta falta de entusiasmo, que a veces nos caracteriza y paraliza, solo puede ser vencida, creo yo, si conseguimos reconquistar la dimensión de la alegría y la capacidad de admiración de Dios hecho hombre que, por ser tan familiar, ya no saboreamos.

Jesucristo, Centro de la vida

No es posible comprender ni vivir la misión sin la referencia del Cristo, que fue enviado a evangelizar. Recordamos el vaciamiento de Cristo que se despojó de sí mismo, tomando la condición de siervo. Cristo que invita al misionero a tener los mismos sentimientos que tenía Cristo, haciéndose débil con los débiles… todo para todos, para salvar a algunos como sea.

El ardor de santidad

No está demás recordar que este “verdadero anhelo de santidad” se asienta en estas actitudes básicas:

  • deseo de conversión,
  • renovación personal en un clima de oración más intensa,
  • acogida solidaria del prójimo.
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