Es un buen ejercicio bucear en las casi cuatro mil cartas de San Gaspar, tratando de encontrar en ellas su “espíritu”. En su epistolario, expresión espontánea de sus sentimientos, puede encontrarse con su “alma más profunda”, porque ordinariamente quienes se dedican al arte de la comunicación, al escribir se escriben a sí mismos. Efectivamente, el Gaspar más auténtico, limpio de florituras apasionadas de sus biógrafos, está vivo aún en su correspondencia. ¿Qué nos dicen sus papeles de la “espiritualidad” de Gaspar? ¿Qué podemos saber de su “diálogo” permanente con Jesucristo, el gran arquitecto?

Los tres primeros ponentes de unas Jornadas de Espiritualidad utilizaron en repetidas ocasiones una frase que a algunos de los asistentes se les pudo haber escapado: “es hora de recuperar el cristocentrismo. Ha llegado, decían, el momento de que Jesús, el Cristo, vuelva a ocupar el “corazón” de cada hombre y mujer y el de la entera humanidad. Es muy posible que los tres, el obispo de Cáceres, Florentino, capellán del Santuario de la Montaña, y Francisco Gil, asiduo a dicho Santuario, hayan notado que el centro del corazón del pueblo cacereño viene siendo ocupado en estos momentos tan críticos por una imagen de la virgen, a la que suplicar ayuda e implorar socorro. Estamos sorprendidos por la cantidad de gente, de toda índole, que acude diariamente a encender sus velitas y rezar su salve. Consideramos que por muy “milagreros” que sean los santos de nuestra devoción y por muy “milagrosa” que sea la santa madre, el epicentro de nuestra fe debería ser siempre el único de todos ellos que es Dios: Jesucristo. Eso significa “cristocentrismo”.

Nos preguntamos hoy, si Gaspar, fundador de todo lo “nuestro” y padre de la “familia” que somos, vivió su “espiritualidad” centrada en Jesucristo o en algunas otras imágenes. La respuesta no se hace esperar: “Fue un hombre íntegramente de Jesucristo y a él entregado”. Le he escuchado en más de una ocasión: “Hagámonos todo de Jesucristo, para llevar a todos a quien se dio totalmente por nosotros”. No obstante, en esa su entrega esponsal de creyente, que duró hasta el final, cuando solo contaba cincuenta y un años, se observan dos etapas bien diferentes, que han sido marcadas por el Espíritu que lo moldeó hasta hacer de él instrumento adecuado para la misión. Se puede comparar el corazón del ser humano con un gran templo en el que cada cual va colocando los dioses que adora. Porque somos libres de creer en quien nos parece, hay quien levanta altares a dioses renombrados, que luego les resultan ídolos falsos, y hay quien adora a un Dios hecho hombre, aparecido en carne de niño débil y frágil, pero que resulta ser el Hijo del Dios verdadero.

El corazón de Gaspar, santuario cristiano, tuvo en su primera etapa un retablo muy similar al de la iglesia de pueblo. En el centro, al alcance de la mano, el sagrario de sus eucaristías, vividas con una intensidad poco común. Sobre él, en el templete central colocó una imagen del Sagrado Corazón de Jesús. En las hornacinas de izquierda y derecha la Dolorosa y San Francisco Javier respectivamente. Al llegar a la segunda etapa, que situamos hacia la mitad de su cautiverio, cambió, siempre a impulsos del Espíritu, las imágenes de su altar mayor. El Sagrado Corazón de Jesús lo convirtió en un Corazón de Jesucristo Crucificado, todavía sangrando. En las próximas “azoteas” se explicarán este pequeño lío. Vamos por partes.

1. Primera etapa de la espiritualidad gasparina

Fueron aquellos sus primeros años un tiempo en el que se alimentó de la “religiosidad popular” común a todo creyente, si bien se nota que la vivía “intensamente”. Su vida de piedad sobresalía, al decir de sus biógrafos, de la de sus contemporáneos por la fuerza y el ímpetu que le imprimía. Característica que se autentifica con la lectura de sus cartas. Fue un niño, luego joven y adulto, muy piadoso, probablemente por influencia de su buena madre. Padres y educadores, principalmente los rectores de la Iglesia de Jesús, de la que fue monaguillo aplicado, le transmitieron una muy fuerte devoción al Sagrado Corazón de Jesús, muy en boga por entonces, que colocó desde bien temprano en el centro de su altar mayor. Sus muchas cartas están salpicadas de frases referidas a dicha imagen: Jesús mostrando un corazón del que salen varios rayos de sol.

Muchas de esas frases no tienen ningún significado especial. Son escritas por costumbre, como por costumbre solemos saludar con un “buenos días nos de Dios” o despedir “hasta mañana si Dios quiere”. Es un hábito adquirido de poca importancia. Escribe con frecuencia: “La dejo o créam en el Corazón Santísimo de Jesús” (carta nº 13); “Con total estima y respeto en el Corazón de Jesús” (nº 38); a veces se acuerda de María: “En los corazones de Jesús y María” (nº 13;16).

Otras, sin embargo, si van acompañadas de un tinte o matiz personal, dichas con intención y sentido: “Os dejo abrazándoos de corazón en el Sagrado y Divino Corazón” (nº 21); “Me resigno – escribe desde el exilio- en el sagrado Corazón de Jesús” (nº 23). “Siempre espiritualmente unidos en el dulcísimo Corazón de Jesús” (nº 32.34) A algunos de sus destinatarios hablándoles de lo mucho que los quiere, los cita en el Corazón de Jesús y les dice “Ibi me invenies” , <<allí – en el corazón de Jesús – me encontrarás>>. Llega a aconsejar que se haga del Corazón de Jesús una “mansión” donde celebrar el encuentro espiritual con Dios.

En un tercer ramillete podríamos incluir las expresiones que nos hacen pensar que fueron escritas bien pensadas, no rutinarias: “Que nos veamos frecuentemente en el Corazón amabilísimo de Jesús y allí imploremos el uno por el otro copiosas bendiciones del Clementísimo Dios” (nº 98); “estaremos siempre cercanos en el Sagrado Corazón de Jesús” (nº 110).

Se interesa bastante por propagar su amada devoción por doquier: “Es necesario que los padres misioneros lleven consigo un buen número de fichas del Sagrado Corazón de Jesús y del Sagrado Corazón de María, con la facultad de inscribir y agregar los nuevos postulantes” (nº116).

Otra de las devociones gasparinas que sobresalen en la primera etapa es la debida a San Francisco Javier. Cuentan que siendo niño de dos años sufrió una enfermedad que le pudo cegar. La madre lo llevó al altar de San Francisco en la vecina Iglesia de Jesús, donde se conserva el brazo del misionero español. Se curó. Eso explicaría tanta devoción por el santo. Le quedó una mancha blanca en uno de los ojos para toda la vida como recuerdo.

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