Mucho se habló en las Jornadas, y se seguirá hablando en las próximas, del famoso “Carisma o Identidad” de esta nuestra “familia”. ¿Tenemos todos bien claro lo que significa y encierra esa palabra que nos ha llegado del griego y que quiere decir “Gracia o don”? San Pablo, que de carismas sabía un rato, dejó escrito que era una “Manifestación del Espíritu para el bien de todos” (1 Cor 12,7). Una definición dice así: “Una llamada altísima, grande y bella para estar con el Señor. Es, además, una llamada a la que se responde con libertad”. Me gusta porque recoge las dos palabras que constituyen lo más esencial de todo “Carisma: llamada y respuesta”.

Ahí van un par de ejemplos. “Carisma es la respuesta de Dios Padre a una situación muy concreta, generalmente deshumanizadora, encomendada a una o más personas, para que el colectivo que sufre esa situación injusta, pueda levantar cabeza y superarla”. Uno de los primeros “Carismas” de la historia de la salvación, historia de amor esponsal entre Dios y la humanidad, fue el “plan de Dios, respuesta al grito de su pueblo”. Después de 500 años, “surgió en Egipto un Faraón que no había conocido a José, y dijo a su pueblo: “Mirad el pueblo de los hijos de Israel, es más numeroso y fuerte que nosotros: obremos astutamente contra él, para que no se multiplique más: no vaya a declararse una guerra y se alíe con nuestros enemigos… Así pues nombraron capataces que los oprimieron” (Ex 1,8-11).

¿Cómo podemos pensar que Dios/Padre pudo quedarse de brazos cruzados ante la injusta opresión de sus hijos? ¿Acaso Dios se muestra indolente ante el sufrimiento? Hay un canto en la biblia que reza así: “Aunque una madre se olvidara del hijo de sus entrañas, yo jamás me olvidaré de ti”. ¿Qué “plan” preparó Yahvé para rescatar a su pueblo? “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos. He bajado a librarlo de los egipcios, a sacarlo de esta tierra, para llevarlo a una tierra fértil y espaciosa, que mana leche y miel” (Ex 3, 7-8).

Ahí tienes. Dios no conoce sordera. Ante el “grito del oprimido” se hace cargo de la situación y “responde con un plan”, un “proyecto” encomendado a una persona de su entera confianza, Moisés: “un hombre muy humilde, más que nadie sobre la faz de la tierra” (Num 12,3). Una vez que Moisés responde “¡Héme aquí!”, se inicia un diálogo permanente entre ambos, en el que Yahvé va desentrañando las líneas maestras de su “proyecto” y Moisés le va dando cuenta de la marcha de la ejecución y de las muchas apreturas que va encontrando en la travesía del inmenso desierto. “Escuchad mis palabras: si hay entre vosotros un profeta del Señor, me doy a conocer a él en visión y le hablo en sueños; no así a mi siervo Moisés, el más fiel de todos mis siervos. A él le hablo cara a cara, abiertamente y no por enigmas; y contempla la figura del Señor” (Num 12,68). A este diálogo ininterrumpido es a lo que se le llama “espiritualidad”. Con lo que podemos ir concluyendo que no es lo mismo Carisma que espiritualidad. Ésta, la espiritualidad, es un elemento de aquél, el carisma.

De ese diálogo surge una “misión”. Moisés no es un “amigo de Dios” que se pase la vida disfrutando de las tierras de Madián detrás de las ovejas del suegro y embelesándose con la zarza que no se consumía. Al profeta se le ha encomendado una “misión”, a la que él, por la peligrosidad que encierra, le va a poner mil pegas “¿Quién soy yo para acudir al faraón para sacar a los hijos de Israel de Egipto?”. Respondió Dios “Yo estoy contigo” (Ex 3,10-12a). Pero él se resistía – como algunos de nosotros – “Por favor, ¡Señor mío! Yo nunca he sido hombre con facilidad de palabras… soy torpe de lengua y de boca” (4,10). Pero al final cedió.

De todo lo dicho hasta ahora deducimos que el “Carisma” es la respuesta que Dios prepara como solución a una situación problemática. Que esa Respuesta/carisma es encomendada a una persona muy concreta, generalmente muy humilde, a la que se le exigen dos “disponibilidades”: “disponibilidad para el diálogo”, que llamamos “espiritualidad” y “disponibilidad para la tarea y el compromiso”, que llamaremos “misión”. La espiritualidad y la misión son las dos facetas o elementos constitutivos del Carisma.

Ahora, con toda razón, surge la pregunta: ¿Cuál es el Carisma original, genuino, de la familia de la Preciosa Sangre? Quiero conocer, me dices, el plan de Dios al que me he sumado, mejor, me he incorporado al agregarme a esta familia. Paciencia y sígueme. Vamos a los orígenes para luego recaer en nuestro hoy.

Nos vamos a situar en los Estados Pontificios. Una franja de terreno que abarcaba varias de las provincias actuales del centro de Italia. Pertenecían a la Iglesia y su Príncipe Soberano era el propio Pontífice, por entonces Pío VII. Corrían los primeros años del siglo XIX cuando el “cernícalo” de Napoleón se engullía los países europeos como si fueran polluelos de ave de corral. Uno de los estados más apetecidos fueron siempre los dominios del Papa. Así que ni corto ni perezoso, arrestado el Papa y deportado, se adueñó también de los Estados Pontificios. Una de sus grandes aspiraciones fue la de apropiarse de las facultades y derechos del Sucesor de Pedro y que todo el clero le prestara juramento de fidelidad. En la clerecía se suscitó un acalorado debate con división de opiniones. Unos, encabezados por los “cardenales rojos”, así llamados porque mantuvieron el color púrpura de su vestuario, defendían que no sólo se “podía” jurar, sino que se “debía”. En el otro bando los seguidores “cardenales negros”, desposeídos de su color por defender lo contrario: “no se puede y no se debe”.

En medio de toda esa discusión se mueve un joven sacerdote de 24 años que apunta buenas maneras y que ya es conocido por sus agallas. En Julio de 1810 le llaman a careo para que firme el juramento. Era bajito y tenía cara de bueno. Como le gustaba vestir elegantemente, se presentó en el palacio Borromeo con toda su compostura. Los gendarmes, comisario Olivetti, le invitaron a estampar su firma. No sabían con quien se la jugaban. El Sacerdote manifestó: soy de los que creo que “ni puedo ni debo”, pero, además, les digo que “no quiero”. Así, con valor, sin miedos ni rodeos. ¡Pues a la cárcel! Hubo todavía una segunda intentona. Por allí andaba su padre, Antonio, que lo había acompañado. Le pidieron que convenciera a su hijo. Cuentan los historiadores que respondió: “Ciudadanos, fusiladme primero a mí y luego a mi hijo, pero del juramento que no se me hable”. ¡De tal palo, tal astilla!

En 1814 Napoleón es derrotado y todos los apresados, menos los que habían muerto durante el exilio, volvieron a sus casas. El papa, también él liberado, se encuentra con una situación socio-político-económica propia de cualquier postguerra. Los pueblos diezmados y el clero, sin el papa y con la alta jerarquía dividida, se ha dedicado a la buena vida y a las malas costumbres. Se ha desmadrado. A todo ello hay que añadir la plaga de la “rebeldía”. A partir de 1800, los más jóvenes, fuertes y aguerridos, hombres rudos, pero valientes, huyendo del alistamiento en el ejército francés se han agrupado y han buscado refugio en las montañas. Desde allí descienden a los caminos entregándose a los más crueles y horrendos crímenes. Las cabezas de las víctimas eran colgadas por decenas de las paredes de la entrada a la ciudad. Si quieres hacerte una idea aproximada busca la palabra “maquis” en Internet.

Una vez que el papa ha tomado nota de la situación, llama a sus consejeros más cercanos, Colsalvi, Secretario de Estado, gran estadista, y a Belisario Cristaldi, que será el tesorero del Vaticano. Les pide que presenten un “plan de reforma” para los Estados Pontificios, tan desestabilizados. Ese plan debería tener en cuenta la “renovación espiritual” de un clero “desmadrado” y de un pueblo “desorientado”, amén de una “recuperación social” que incluyera la rendición de los rebeldes. Un plan que fue presentado a Pío VII. No encontraron mejor solución que la de “misionar” todo el territorio pontificio y otros estados limítrofes, como el reino de Nápoles. “Plan de Reforma” que fue encomendado a un “pequeño gigante”, a D. Gaspar, alias el “no quiero”, que acababa de llegar del exilio con una gran carga de prestigio como sacerdote íntegro, incansable, entusiasta y aguerrido. (Continuará).

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  1. María de Jesús Linares dice:

    MUY BUENO PERO QUISIERA EL “CONTINUARA”

  2. Edna Santiago dice:

    Yo también quiero el “Continuará”

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