Decíamos en “Consagrados” que el “Dueño” de la casa derruida era el que daba las “instrucciones” al arquitecto diciéndole como quería que quedase la casa, una vez restaurada. El arquitecto elabora su “proyecto” teniendo muy en cuenta dichas instrucciones y se lo pasa al aparejador, para que sea él quien con los albañiles lleven a cabo la obra. Decíamos también que entre “dueño, arquitecto y aparejador” tenía que haber un “contacto” permanente para que la obra no acabase como la torre de Babel.

Con el “Carisma” de una congregación ocurre lo mismo. Dios, que creó el universo y la humanidad que la habita, es el “Dueño” absoluto de la “Casa común”, que todos habitamos. Como “Buen Padre”, cada vez que sucede un desastre en esa casa común con víctimas de violencia entre sus miembros, toma nota y crea su plan. El Arquitecto único, Hijo único, es Jesucristo, venido para hacer la voluntad del Padre. El aparejador, en nuestro caso, fue un “pequeño gigante” llamado Gaspar del Búfalo. El “Dueño, el arquitecto y el aparejador” se mantuvieron en “contacto permanente” para que las cosas salieran como Dios manda. A ese contacto diario, trato frecuente, diálogo permanente es a lo que se le llama “espiritualidad”.

Me vais a permitir que ampliemos un poquito sobre este primer elemento de nuestro “Carisma”. Nos vamos a servir de un documento del Concilio vaticano II, último gran encuentro de todos los obispos del mundo, para revisar y renovar todo lo relacionado con nuestra fe. Se celebró por los años sesenta, cuando algunos nos moceábamos. Uno de los documentos fue titulado “Perfectae Charitatis”, las dos primeras palabras del texto en latín. En castellano: “La Caridad Perfecta”. Fue dirigido a todas las “familias religiosas”, invitándolas a “renovarse” por dentro y por fuera. “Nuestra familia” tuvo que pasar por la criba.

Pero el concilio advertía que esa renovación tenía que tener en cuenta

  • El evangelio: “retorno constante a las fuentes de toda vida cristiana”.
  • Los orígenes: Retorno a la “primigenia inspiración de los Institutos”. Volver a redescubrir lo que vivieron Gaspar y sus compañeros, con el mismo espíritu.
  • Los signos de los tiempos: Que se tuvieran muy en cuenta: “las condiciones cambiadas de los tiempos”.

Así pues, no hay renovación posible sin evangelio, sin las fuentes propias y sin el presente. Evangelio y fuentes propias que han de ser leídas desde nuestro hoy y nuestro aquí. Pero los padres no terminaron ahí. A reglón seguido, en tono más imperativo, escribieron: “Esta renovación, bajo el impulso del Espíritu Santo y con la guía de la Iglesia, ha de promoverse de acuerdo con los principios siguientes: a) como quiera que la norma última de la vida religiosa es el seguimiento de Cristo tal como se propone en el Evangelio, esa ha de tenerse por todos los Institutos como regla suprema (Perfectae Charitatis nº 2). Este artículo me resulta de una importancia trascendental para nuestros Institutos: C.PP.S y A.S.C. y para toda la “familia de la Preciosa Sangre”. Si no se cuenta con él estamos violando las esencias del “Proyecto o Carisma” que Dios ha puesto en nuestro corazón y en nuestras manos. Por eso merece un serio esclarecimiento.

El concilio fue bastante claro, las familias religiosas han nacido a la sombra del Espíritu con un objetivo bien definido: “Hombres y mujeres que [ ] se propusieron seguir a Cristo con más libertad e imitarlo más de cerca” (nº 1). Lo nuestro, pues, no va a consistir en abrazar realidades que no tengan que ver con Jesucristo, el arquitecto que decíamos. Ahora bien, el párrafo conciliar que comentamos reflexiona y concluye: “si el fin es seguir a Jesús, la “regla suprema” de toda renovación consistirá en proponer dicho “seguimiento”. Aquí no caben discusiones ni monsergas. Jesucristo tiene que ser el centro de la renovación de las familias, pero, ¡ojo al dato!, un Jesucristo muy concreto: “el que propone el Evangelio” y no otro cualquiera, venido de Dios sabe donde. Me gusta la definición que Jose María Castillo ofrece sobre la “espiritualidad”: “la vida según el espíritu, es decir, la forma de vida que se deja guiar por el Espíritu de Cristo”.

Las “familias religiosas” que conocemos, todas, aunque lleven nombres diferentes, tienen un propósito común: “seguir a Jesucristo muy de cerca”. Se dice que el evangelio no es una doctrina, sino una persona: Jesucristo. Yo diría lo mismo de la espiritualidad, que es una y única para todo el mundo, “Jesucristo es la espiritualidad”. La espiritualidad de la “familia de la Preciosa Sangre” es Jesucristo. Claro que iremos fundamentando esta afirmación y aclarándola mes a mes en nuestras comunicaciones. Ya oigo el cuchicheo de los más avispados preguntándose: Si todas las familias evangélicas tienen una misma espiritualidad, ¿dónde está la diferencia entre un franciscano y un jesuita o entre un precioso y un dominico? Paciencia, hermano. Cabe responder con un ejemplo que los seglares van a entender perfectamente. Todas las familias tienen un objetivo común: “vivir realmente como familia, hogar de vida y amor”. Todas recurren a la “educación” como el mejor medio para conseguirlo. Todas hablan de amor, cuidado, preocupación, acompañamiento, valores… pero cada una de ellas lo hace “a su manera”. La educación en una casa no es idéntica a la del vecino. Hay por ahí un dicho que nos viene a pelo: “cada maestrillo su librillo”.

El concilio viene en nuestra ayuda y nos dice que todos “seguimos a Jesucristo”, pero que cada Congregación lo hace “a su manera”. Escucha: “Hombres y mujeres que [ ] se propusieron seguir a Cristo con más libertad e imitarlo más de cerca, y, cada uno a su manera, llevaron una vida consagrada a Dios” (nº 1). Nuestro Padre Josef Fischer C.PP.S, el anterior P. General, de todos conocido, en vez de hablar de la “manera”, como el concilio, habla del “modo”: “La espiritualidad hace referencia al modo en el que respondemos al mensaje, a la verdad y a la persona de Jesucristo”. Pues no hay que ir más lejos, nos distinguimos de los hermanos de San Francisco y de los hijos de Ignacio de Loyola en que seguimos a Jesús de “otra manera, de otro modo”. Hay todavía una descripción más. Es de un tal Delizy. Él llama a las congregaciones “familias evangélicas”, nombre que me gusta mucho. Y dice que son: “Una especie de red de comunidades en que las relaciones mutuas se construyen en referencia a un rostro concreto de Jesucristo”. Pienso que los franciscanos deberían reflejar el rostro pobre y humilde de Jesús, pues son los hijos de Francisco “il poveretto”. Los contemplativos tendrán que ofrecer a la humanidad el rostro orante del Señor del Tabor. Los hospitalarios tendrán que mostrar el rostro de un Cristo de enfermos, paralíticos, desahuciados etc. y el rostro de la familia de la Preciosa Sangre, ¿cuál será? El Beato Juan Pablo II nos sale al encuentro y nos dice: “El rostro futuro de los Misioneros de la Preciosa Sangre, será el rostro de Jesús Crucificado”. ¿Habrá acertado el papa, camino de los altares?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s